A pesar de la sequía de cuatro años que está sufriendo Kenia, el país tiene recursos naturales adecuados, sólo es necesario que se utilicen.
Nash Colundalur: The Guardian
En medio de la vasta extensión de paisaje agreste, hay una reunión de unos cientos de personas, de pie y agachados. Todos ellos están desesperados por el agua. Abumon, una de las mujeres, echa los brazos al aire, rompe el círculo y cae al suelo con resignación. Mira nerviosamente al horizonte, "ya no me importa, voy a morir aquí". Levanta un débil brazo mientras señala la montaña, "vendrán y se lo llevarán todo." Llama a su niño pequeño, con desnutrición severa, quien avanza hacia ella. De repente hay gran clamor desde dentro del círculo. Un recipiente pequeño está llegando, pasa de mano en mano. Hay una ráfaga fresca de gritos y palos blandiendo al cielo, que se desprende de los hombres, hasta que el recipiente de plástico amarillo finalmente llega. Está lleno de agua marrón por el lodo; que sirve primero para alimentar a los niños, que lo disfrutan de forma rápida y lloran porque quieren más.
No ha llovido lo suficiente durante cuatro años en Turkana, al norte de Kenia. Es un distrito de 80.000 kilómetros cuadrados, con una población de cerca de 500.000 pastores nómadas. Durante cientos de años, la gente del pueblo Turkana han sido pastores, han criado ganado vacuno, ovino y cabras. Son de las personas más nómadas del mundo, a veces están en movimiento todos los meses del año en busca de pastos para su ganado. El cambio climático y la marginación que han sufrido de los sucesivos gobiernos han hecho que los recursos se agotaran a un ritmo alarmante en todo su hábitat tradicional.
Lorus, donde la tribu se ha reunido para buscar agua, es un manantial subterráneo natural cerca de la frontera con Sudán. En su desesperación, han excavado para llegar al origen del manantial y así al agua, que está a varios metros debajo de la superficie quemada. La arena, el lodo y las heces de los animales se deslizan por la roca, convirtiendo el agua en un fango peligroso y oscuro. Constantemente flota en el aire la amenaza de la gente de los países vecinos, pastores de ganado que van fuertemente armados y quieren invadirlos. "Los Topoza de Sudán se llevaron a 60 animales de mi ganado", dice Namuge señalando con la cabeza hacia las montañas. "Sólo me han quedado cuatro animales, y se están muriendo". Está vertiendo el líquido negro en un canal para el ganado; uno de los animales ha doblado sus rodillas, se niega a beber agua. "Estoy esperando a que muera", dice mientras se ajusta un largo cuchillo que lleva atado a la cintura.
Eberhard Zeyhle, un parasitólogo alemán, llegó a Kenia hace 28 años para investigar la Hidatidosis, una infestación de la tenia que transmiten los animales a los seres humanos. Desde entonces ha estado involucrado en proyectos de prestación de asistencia sanitaria general, para facilitar el desarrollo social de esta comunidad remota, como parte de AMREF (African Medical Research Foundation).
"El distrito de Turkana cuenta con recursos hídricos suficientes para abastecer a toda la población, sólo es necesario utilizarla de forma científica", dice. También piensa que una gran parte de las tierras son fértiles. Si se instalaran estructuras adecuadas para el regadío, la agricultura podría convertirse en una fuente de ingresos para los Turkana”, y señala las profundidades de la roca "tenemos que proteger el origen del manantial; se tiene que sellar y llevar el agua a un tanque subterráneo. Esto aseguraría agua limpia y sin contaminar." Aunque la solución parece simple, él dice que es difícil hacerlo ahora, porque los Turkana tienen miedo a que se agote el agua si se sella el origen del manantial.
Eberhard piensa que las ONG, los donantes y el gobierno puede hacer su parte, pero los Turkana tiene que cooperar, y la iniciativa tiene que venir de dentro. Esta opinión es compartida por Alex Lama, coordinador en Akosi (que traducido de la lengua Turkana significa "nuestro"), una organización que participan en diversos proyectos de desarrollo.
"Los FCD (Fondo de Desarrollo de la comunidad) asignados al distrito, son una gota de agua en el océano para el gobierno ", dice Lama.
Ekono es un hombre de 60 años de pocas palabras. Lleva una gorra gris con una pluma, y un anillo de color marfil en el dedo que pule constantemente. Ekono es un Emeron, un líder espiritual respetado por la totalidad del distrito de Turkana.
Ekono está sentado en una de las clínicas de AMREF, un centro de salud situado a lo largo de una de las rutas migratorias de los Turkana, dice lentamente: "Voy a movilizar a mi gente para que cada uno se desprendan de una vaca, y así podremos conseguir la mitad del dinero necesario para un pozo. " Él mira a la gente reunida a su alrededor. "Mi gente se está muriendo, sólo pido que el gobierno y los donantes contribuyan con la otra mitad".
Elimnon Peunon, un Turkana de un pueblo vecino que está de cuclillas junto a Ekono, mira intensamente al suelo. "Yo tenía nueve hijos," él dice. "La sequía mató a dos de mis hijos menores, y otros dos más murieron a tiros por los Topoza. Hemos intentado ponernos en contacto con el gobierno muchas veces a través de nuestros consejeros. El diputado de nuestro territorio no ha venido aquí ni una sola vez".
Alzando la voz y de pie, continúa: "Queremos que el gobierno nos dé protección y agua". Mueve la mano señalando el paisaje sin fin, y bajando la voz como para decir un secreto dice "Esta tierra es fértil, el agua está ahí, todo lo que necesitamos es el riego, estamos dispuestos a diversificar".
John Munyes es el diputado electo por el distrito, y un ministro de gabinete en el gobierno de Kenya. Durante años ha sido ministro de varios departamentos, incluyendo el de agua. "La razón por la cual los Turkana están marginados es política", dice. "Los ejecutivos en el gobierno de Turkana la ven como un área de bajo potencial. Se les considera que no contribuyen al PIB." Él dice que debido a la burocracia del gobierno de Kenia, el nivel de amenaza no se ha elevado lo suficiente como para proporcionar seguridad a lo largo de la frontera, para hacer frente a las incursiones de los vecinos de Sudán y Uganda. "Tenemos que mejorar nuestras fuentes de agua, para que el ganado pueda sobrevivir en temporada seca. Podemos planificar pozos a lo largo de las rutas migratorias, y llevar a cabo un sistema que sólo se use durante la estación seca".
Ha habido presiones desde el gobierno estatal para que los Turkana lleven una vida más sedentaria, lo cual haría más fácil prestar los servicios necesarios a la región. Pero los expertos creen que esto sólo devastaría la región todavía más. Así como iniciar la disminución de los pastos, o los árboles y arbustos grandes, cortarlos sin escrúpulos y quemarlos para producir carbón vegetal. Sarah Mathew, una estudiante de investigación de doctorado de la Universidad de California, Los Ángeles, dice que hay una idea general equivocada de que los nómadas de Turkana son el problema, cuando en realidad es todo lo contrario, son realmente la solución.
Namuge para un momento para descansar de sacar el agua del manantial. Su vaca se ha derrumbado. "Somos nómadas, si nos dan agua durante la estación seca , después nosotros vamos a seguir adelante", dice. Mientras, su vaca sacude la cabeza, deja escapar un quejido y muere. Namuge ya estaba preparado para esto. El animal es arrastrado lejos del manantial, y con la ayuda de sus cuatro hijos la descuartizan en trozos más pequeños, que se van a llevar de vuelta a la aldea. "Por lo menos mi familia podrá comer unos días, yo no tenía el corazón de matarla mientras estaba viva."
Traducción: Irene Vilá Trepat