Kenia lucha contra la tuberculosis a la sombra del COVID-19

 

La tuberculosis es una de las enfermedades infecciosas más mortíferas del mundo. Mata a más personas que el VIH y la malaria juntos. El año pasado en Kenia murieron 21.000 personas de tuberculosis, cuatro veces más que las que han muerto por COVID-19 desde que comenzó la pandemia.

 

 

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La voluntaria de salud comunitaria Violet Chemesunte (a la derecha) en un puesto de detección de la tuberculosis en Kibera – Fotografía: Brian Otieno/The Global Fund

 

Violet Chemesunte, es voluntaria de salud comunitaria en Kibera, el mayor asentamiento informal de Nairobi. Un día de mayo del año pasado, recibió una llamada de una compañera preocupada por una mujer a la que había visitado y que no paraba de toser. Le preguntaba si podía ir a convencer a la mujer de 37 años, madre soltera de tres niños pequeños, de que buscara ayuda médica. Sospechaba que tenía tuberculosis y temía que fuera demasiado tarde.

 

 

Chemesunte habló con la mujer sobre la tuberculosis. Esta enfermedad tiene algunos síntomas similares al COVID-19, y la convenció de que se hiciera la prueba en un lugar cercano. El resultado fue positivo.

Dos semanas después, antes de que pudiera empezar el tratamiento, murió. Sus hijos, de entre 9 y 13 años, dieron negativo en la prueba y desde entonces han dejado Nairobi para vivir con su abuela.

«Fue muy triste», dice Chemesunte. «No tenía por qué morir. La tuberculosis es curable. Lo único que hace falta es que te la diagnostiquen a tiempo».

 

La enfermedad se transmite por el aire y puede permanecer latente en alguien infectado con la bacteria. Cuando una persona desarrolla tuberculosis activa (las bacterias de la tuberculosis se están multiplicando en el cuerpo de la persona), los síntomas pueden incluir tos, fiebre, sudores nocturnos y pérdida de peso. Si no se trata, la tuberculosis mata a la mitad de los afectados. Una persona con tuberculosis activa puede infectar a otras cinco o quince personas a través del contacto cercano en el transcurso de un año.

 

La Organización Mundial de la Salud publicó en octubre que el COVID-19 había hecho retroceder años de progreso mundial en la lucha contra la tuberculosis y que, por primera vez en más de una década, las muertes habían aumentado.

Kenia es uno de los 30 países con la mayor parte de los casos (al menos el 83%). Según el Ministerio de Sanidad del país, se estima que el año pasado unas 140.000 personas tenían tuberculosis en Kenia.

 

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Una máquina de detección automática de la tuberculosis en el centro de salud de Kibera. Fotografía: Brian Otieno

 

El COVID-19 también ha hecho que el número de «personas olvidadas» con tuberculosis -aquellas que no se detectan, no se tratan y no se notifican- aumentase. Es probable que casi la mitad de las personas con tuberculosis en Kenia el año pasado no hayan recibido el diagnóstico ni el tratamiento adecuado. Según el informe anual del programa nacional de tuberculosis, lepra y enfermedades pulmonares del Ministerio de Sanidad, se estima que la reducción del 15% en la detección de casos fue «en gran parte atribuible a la pandemia».

A ello han contribuido: las restricciones a la circulación, el hecho de que los pacientes evitaran los centros de salud, la reconversión de los servicios y el personal sanitario para atender la pandemia, y el hecho de que los síntomas de la tuberculosis a veces sean parecidos a los del COVID-19.

En el caso de la tuberculosis, los recursos no se ajustan a la magnitud de la enfermedad.

 

 

En este contexto, existe falta de financiación para hacer frente a la enfermedad. Masini afirma que menos de la mitad del plan de Kenia para atajar la tuberculosis cuenta con la financiación adecuada. Una de las preocupaciones es la falta de diagnóstico en los niños; dos tercios de los casos en menores de 15 años no se detectan, dice.

Masini está consternado por lo que considera un desequilibrio de atención y voluntad política entre el COVID-19  y la tuberculosis. Mientras que el presidente de Kenia está totalmente involucrado en la respuesta al COVID-19, con reuniones informativas ministeriales periódicas y datos fácilmente disponibles, no ocurre lo mismo con la tuberculosis, afirma.

 

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Agentes de salud comunitaria visitan a un paciente que recibe tratamiento para la tuberculosis. Fotografía: Brian Otieno/The Global Fund

 

El número de muertes por tuberculosis es «el equivalente a dos accidentes de autobús en Kenia cada día», añade. «Si eso ocurriera, causaría un gran revuelo. Habría una intervención de alto nivel. En el caso de la tuberculosis, no existe esa urgencia, no se considera un peligro inminente. Los recursos no se ajustan a la magnitud de la enfermedad».

 

De vuelta a Kibera, donde la pobreza y el hacinamiento permiten que la enfermedad prolifere, Anne Munene, responsable de proyectos de Amref Health Africa, se sienta en una mesa frente a una clínica de tuberculosis. «El COVID-19 me abrió los ojos», dice. «¿Qué hemos hecho mal para que nunca hayamos recibido esta atención para la tuberculosis?».

Ella y su equipo de Amref Salud África, que ha recibido financiación del Fondo Mundial, llevaron a cabo una campaña de concienciación sobre la tuberculosis a nivel comunitario, donde se dejan de detectar y diagnosticar muchos casos. Se distribuyó información sobre los peligros de la tuberculosis en los matatus, los minibuses utilizados para el transporte público, y en las escuelas. El plan de estudios de las escuelas se está actualizando para incluir la tuberculosis, dice Munene. También se habló de la enfermedad en programas de televisión y radio.

 

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Munene y sus colegas organizaron un concurso en el que pedían a las empresas que sugirieran formas de encontrar a personas con tuberculosis en la comunidad. Una de las innovaciones que se han puesto en marcha es una máquina de detección automática de la enfermedad. Un agente de salud comunitaria ayuda a las personas a contestar a cinco preguntas para detectar los síntomas de tuberculosis. Si responden afirmativamente a alguna, se les anima a enviar una muestra de esputo para su análisis.

 

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Kibera es el asentamiento informal más grande de África, hogar de aproximadamente 250.000 personas. Fotografía: Brian Otieno / The Global Fund

 

Las máquinas de detección automática se han colocado en lugares muy visitados en todo Nairobi, como la estación de tren y un recinto en Kibera con varios servicios gubernamentales y sanitarios. Desde noviembre de 2019 hasta mayo de 2021, se han examinado a unas 80.000 personas para detectar la tuberculosis. De ellas, 262 dieron positivo y fueron sometidas a tratamiento.

 

 

La pandemia sigue amenazando con hacer fracasar los esfuerzos y reducir los avances, pero Munene también lo ve como una oportunidad. «Ahora tenemos que aprovechar la ola de COVID-19 para concienciar sobre la tuberculosis. Todavía estamos lidiando con esto».

Artículo publicado por primera vez en http://www.allusanewshub.com/2021/12/03/she-didnt-deserve-to-die-kenya-fights-tuberculosis-in-covids-shadow/

 

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