18
Feb

Naur Longatunyo

“Para entender mi historia, hay que entender mi cultura. Al ser mujer Turkana, crecí sabiendo que todo lo que hiciese estaría condicionado por un hombre. Por lo que cuando decidió dejar a mi marido, además de conmocionar a mi comunidad, fue devastador para mí.

Me casé con 10 años. En mi comunidad casarte a una edad muy temprana te da prestigio, por lo que estaba feliz. La vida era normal para mí. Vivía con mi marido, un hombre que tenía la edad de mi padre.

Concebí rápido y tuve 4 hijos. Se ponían enfermos regularmente, con diarreas y otras dolencias, pero nunca les llevé al hospital, yo nunca había estado en uno tampoco. Cuando llegué a mi quinto embarazo, muchos amigos habían perdido a sus hijos durante el parto y me preocupé. Pero había dado a luz ya a cuatro niños en perfectas condiciones. ¿Por qué iba a ser este diferente?

Pero mi malestar aumentaba. Hablé con otras mujeres y me aconsejaron comer menos comida, de modo que el bebé no creciera demasiado. Seguí su consejo y empecé a comer menos: comía carne solo una vez al día. Cuando el bebé nació, era muy pequeño y siempre estaba llorando. No mamaba bien y, después de dos semanas, murió. Mi sufrimiento al perder el bebé fue inimaginable.

Para mi comunidad, una mujer que llora por la muerte de un niño se considera débil, y no quería que me viesen como una mujer débil, ya que avergonzaría a mis hijos y a mi marido. La vida siguió y me guardé mi sufrimiento para mí misma. A mi marido no pareció importarle y quería otro niño.

Pero yo estaba asustada.

Aun así, me quedé embarazada de nuevo, en un año que la sequía fue dura y los animales morían de hambre. Los morans, los guerreros, decidieron que era momento de moverse y buscar por mejores pastos para nuestros animales, dependíamos de ellos para comer. Aunque estaba embarazada de nueve meses, nadie me ofreció llevarme en su burro y mi marido no me dio permiso para subirme a un burro o un camello, así que caminé como el resto.

Viajamos de noche y descansábamos de día. No llevaba suficiente ropa. Siempre tenía frío y no comía mucho, aunque mi marido me reservaba siempre carne para alimentarme.

Un día, cuando caminábamos por el desierto, me empecé a encontrar mal y mis piernas empezaron a fallar. Al amanecer empecé a sentir contracciones; iba a dar a luz. Algunas mujeres me guiaron a un lugar apartado y allí di a luz a mi bebé. El parto fue bien, pero unos minutos más tarde, no podía sentir mis pies. Sentía como si flotase y tenía mareos. Eso fue lo último que recuerdo de ese día. Me desperté en un centro de salud, aturdida y asustada. No conocía a nadie y tenía miedo que me hiciesen daño.

Me puse histérica, pero después de unos minutos, una mujer Turkana se acercó y me calmó. Me contó que me salvó, ya que me desmayé después del parto y mi comunidad casi me abandona. Se llamaba Josephine Ekiru, era agente de salud, y me pidió que me dejase cuidar por la enfermera.

En seguida me dieron el alta y me reuní con mi familia. Continuamos con nuestro viaje para buscar pastos y agua. Me acordaba del centro de salud y Josephine, y sentía que me faltaba algo. Miré a mis hijos y los comparé con los niños que había visto en el centro de salud y me sentí mal, ya que me di cuenta que no les estaba dando las mejores oportunidades.

Me esperé y cuando todo el mundo estaba durmiendo, cogí 10 cabras y cinco ovejas del rebaño de mi marido y, junto con mis hijos, volví al Dispensario Marti, donde había conocido a Josephine.

Josephine me dio la bienvenida y juntas encontramos un sitio donde vivir. Ella continua ayudándome con el bebé, que ahora tiene 6 meses. Ha recibido todas las vacunas y sus hermanos van a la escuela. Creo que ahora les doy todas las oportunidades que tengo al abasto.

Siempre estaré agradecida a Josephine porque sin ella, podría haber perdido mi vida o la de mi bebé.

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