Jacinta, dar a luz en tiempos de COVID-19

Jacinta vive junto a su familia en Emali, una ciudad situada en el condado de Makueni, Kenia. Hoy se siente feliz después de dar a luz a su hijo, Inocencio, pero todavía recuerda angustiada como fueron los meses previos a dar a luz.

Con la llegada del coronavirus y las restricciones del gobierno, las citas médicas quedaron relegadas a un segundo plano. “Viajar era muy difícil, había muchos menos autobuses. Si quería ir a cualquier parte tenía que pagar mucho dinero”.

La posterior presencia y atención de los agentes de salud comunitarios formados por Amref supuso un alivio para ella. “Afortunadamente, Ann vino a visitarnos con regularidad. Ella nos dijo que nos laváramos las manos, usáramos mascarillas y mantuviéramos la distancia para evitar la propagación del virus. Eso fue muy valioso”, recuerda Jacinta.

Jacinta también recibió todo el apoyo posible de Ann para que su hijo naciera sano. Las consultas no pudieron ser tan frecuentes como anteriormente, pero las llamadas telefónicas le permitieron estar mucho más tranquila y conocer cómo iba evolucionando su embarazo. “Ann seguía diciéndome que fuera al hospital para dar a luz. Me explicó que las enfermeras pueden intervenir rápidamente en caso de complicaciones”, explica.

Una noche a las dos de la mañana rompió aguas. Debido al toque de queda establecido como consecuencia de la pandemia, no había taxis ni medios de transporte a su alrededor.

Ann movilizó todos sus recursos para que Jacinta pudiera ser trasladada al centro sanitario en un ciclomotor y les proporcionó dos permisos para que la policía no pudiera arrestarles. “Me alegré mucho de ver que contaba con la ayuda de Ann porque dos mujeres embarazadas habían muerto porque no pudieron llegar al hospital por la noche”.

Afortunadamente todo salió bien. Después de cuatro horas de parto, Inocencio llegó al mundo con una salud inmejorable gracias a la ayuda del personal sanitario y de Ann, sin la cuál Jacinta no habría podido llegar al hospital a tiempo para dar a luz. Los proyectos de Amref han hecho que solamente en ese año se hayan formado 15.000 matronas en 13 países africanos. Una matrona puede brindar atención y educación sanitaria a 500 madres al año. Jacinta ha sido una de ellas y esta es su historia. 

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Jacinta, con Ann y su hijo Inocencio

Lucía Mafuraya, su bebé murió el día que dio a luz. 

Lucía vive en Ilamba, un pequeño pueblo de Tanzania. A los 21 años tuvo un parto extremadamente difícil que casi acaba con su vida. Su bebé murió en el acto. 


"Nunca lo olvidaré: cuando empezaron mis contracciones, me quedé en casa y esperé. Pensaba que saldría, lo tenía todo preparado: agua limpia, sábanas y suficiente comida para que me recuperara pronto después de dar a luz
". 

Desgraciadamente, las contracciones de Lucía persistieron y el parto no se inició. Al cabo de tres días, la mujer decidió ir a la farmacia a por analgésicos. Allí dio a luz a su bebé, que lamentablemente, ya había muerto porque el parto se prolongó demasiado. 

La triste historia de Lucía Mafuraya no es una excepción. En los países africanos en los que trabajamos hay pocas matronas. Por ello, las mujeres suelen optar por dar a luz en casa. La mayoría de las familias tampoco tienen seguro médico porque es demasiado caro para ellas. Además, la calidad de la atención en los hospitales suele dejar mucho que desear, lo que provoca un bajo nivel de confianza en la asistencia. 

En el pueblo de Lucía, hoy cuentan con un hospital renovado y equipado. También hemos formado al personal sanitario. Entre 1990 y 2015, la mortalidad materna en todo el mundo se redujo en un 44 %.

Lucía: "estoy muy agradecida de que ahora haya personal sanitario local que pueda ayudarnos cuando necesitamos atención médica".

Hoy Lucía es una orgullosa mamá y puede contar la historia de dar a luz a su hijo de forma segura.

Lucía orgullosa de poder ser mamá

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