Lucía Mafuraya, su bebé murió el día que dio a luz. 

Lucía vive en Ilamba, un pequeño pueblo de Tanzania. A los 21 años tuvo un parto extremadamente difícil que casi acaba con su vida. Su bebé murió en el acto. 


"Nunca lo olvidaré: cuando empezaron mis contracciones, me quedé en casa y esperé. Pensaba que saldría, lo tenía todo preparado: agua limpia, sábanas y suficiente comida para que me recuperara pronto después de dar a luz
". 

Desgraciadamente, las contracciones de Lucía persistieron y el parto no se inició. Al cabo de tres días, la mujer decidió ir a la farmacia a por analgésicos. Allí dio a luz a su bebé, que lamentablemente, ya había muerto porque el parto se prolongó demasiado. 

La triste historia de Lucía Mafuraya no es una excepción. En los países africanos en los que trabajamos hay pocas matronas. Por ello, las mujeres suelen optar por dar a luz en casa. La mayoría de las familias tampoco tienen seguro médico porque es demasiado caro para ellas. Además, la calidad de la atención en los hospitales suele dejar mucho que desear, lo que provoca un bajo nivel de confianza en la asistencia. 

En el pueblo de Lucía, hoy cuentan con un hospital renovado y equipado. También hemos formado al personal sanitario. Entre 1990 y 2015, la mortalidad materna en todo el mundo se redujo en un 44 %.

Lucía: "estoy muy agradecida de que ahora haya personal sanitario local que pueda ayudarnos cuando necesitamos atención médica".

Hoy Lucía es una orgullosa mamá y puede contar la historia de dar a luz a su hijo de forma segura.

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Catherine Aanyu, una vida dedicada a la salud de las madres

Catherine Aanyu es una mujer de 26 años residente en Uganda. Está estudiando para obtener la certificación oficial del programa de matronas impartido por Amref gracias al apoyo de GSK. África occidental tiene actualmente la tasa de mortalidad de menores de cinco años más alta del mundo. Gracias a la dedicación de personas apasionadas y valientes como Catherine este porcentaje disminuye progresivamente.

Catherine creció en Katakwi, un pequeño pueblo situado en el este de Uganda. En la zona no hay acceso a agua ni electricidad. El centro de salud se encuentra a más de 54 kilómetros de distancia. La ausencia de condiciones sanitarias dignas ha supuesto muchas pérdidas. 

“Mi madre era partera tradicional y cuando era joven yo veía a mujeres que venían a mi casa a dar a luz. Recuerdo que una vez mi hermana mayor comenzó a gritar porque una madre estaba a punto de morir; ¿No puedes dejar que vaya a dar a luz en un hospital? ¡Allí hay matronas capacitadas!”, recuerda. Desde entonces y hasta hoy, el centro de salud más cercano se sitúa a más de cuarenta minutos.

Fue en ese momento cuando Catherine entendió que la presencia de matronas formadas en Katakwi era fundamental para poder salvar la vida de madres y bebés. La joven comenzó a trabajar ayudando en los partos que se producían a diario en el territorio. “Mi madre está muy orgullosa de mí. Ella dejó de ser partera tradicional alrededor de 2002”, explica.

Actualmente Catherine compagina su trabajo con la formación educativa en el programa que Amref lleva a cabo. "Quería obtener mi diploma antes de los 28 años, ese era mi objetivo. Yo necesitaba esto, soy la cabeza de familia en mi casa. Estoy educando a mi hermana pequeña, cuidando a mi madre y mis dos sobrinas. Necesito aumentar mi salario, mis habilidades y avanzar en mi carrera", cuenta Catherine.

Sin embargo, su trabajo sigue siendo muy difícil. Catherine es una de las 20.000 matronas y enfermeras que atienden a una población de 33 millones: eso es una profesional por cada 1.650 personas. La carencia de personal junto con las malas condiciones de trabajo como la escasez de medicamentos y falta de servicios básicos de agua potable genera situaciones muy complicadas.

"Una vez estaba trabajando de noche y una madre se nos acercó casi empujándonos", explica Catherine. "El bebé se estaba asfixiando. Necesitábamos oxígeno desesperadamente. Miré en el quirófano y no había respiradores. Me encargué de cuidar a ese bebé durante tres largas horas, estimulando y transfiriendo mi propio oxígeno a través de una mascarilla. Gracias a Dios el bebé sobrevivió. Después de lo sucedido me dediqué a informar todos y cada uno de los días de que no teníamos oxígeno", recuerda Catherine.

El número de fallecimientos es menor desde que jóvenes como Catherine han comenzado a formarse con el proyecto de Amref.

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